Todos necesitamos, de vez en cuando, hablar. Hablar con alguien. O más bien, sentirnos escuchados.
Podemos hablar con diestro y siniestro, pero el problema —el verdadero problema— es que no nos sentimos escuchados. Y eso, lo queramos o no, lo neguemos o no, nos frustra y nos quema.
No es lo mismo oír que escuchar.
Oímos la radio, oímos conversaciones sin entender el fondo, oímos melodías sin detenernos en la letra. Oímos discusiones, ruidos, palabras que se pierden.
Pero ¿Cuántas cosas escuchamos de verdad?
Escuchar requiere presencia, interés, energía. Y muchas veces, estamos exhaustos.
A veces —por no decir siempre— avanzamos más por nuestra cuenta que pidiendo ayuda. Y lo curioso es que, cuando lo hacemos, hay quien se extraña de que no hayamos acudido a ellos… cuando sí lo hicimos, pero no obtuvimos ni un ademán.
Así es la vida. Una triste ironía: para conseguir algo, hay que coger al toro por los cuernos y no pararse en tonterías.

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